martes, 14 de junio de 2011

De vuelta


La diferencia, es que yo al cerrar los ojos tengo la luz de mi interior… y tú no sabes observar más allá de la oscuridad pegada a los párpados.
La diferencia, es que yo tengo unos labios que escriben palabras… y tú una boca que tan sólo mancha los oídos del que oye. Nunca escucha –nunca emites nada para hacerlo-.
La diferencia, es que aprendo a vivir de las ausencias… y tú mueres a cada cambio de plan que te ofrece tu camino.
La diferencia, es que valoro las lágrimas como una sonrisa… y tú nunca has sabido reír con el corazón. Tampoco sufrir con la piel.
La diferencia, es que yo aprendí a disfrutar de la madurez de un adulto cuando era una niña… y tú nunca has sabido ser niña ni pasados los 20. Tampoco adulta. No has sabido ser. Ni estar. Ni (a)parecer.
La diferencia, es que yo creé la amistad al confiarme a mí misma como la mejor persona que tengo... y tú nunca podrás quererte sin rabia.
La diferencia, es que mis huellas siempre han marcado un sendero de retorno... y tú has pisado tan fuerte que has destrozado cualquier intento de vuelta.
La diferencia, es que mi cuerpo se compone de los agradecimientos por mis caídas… y tú jamás sabrás del éxito si no has visto tus propios errores.
La diferencia, es que a mí no me hace falta compararme contigo para saber mi valía. Sin embargo, tú y siendo sangre, jamás perdonarás que yo tenga vida.
Jamás te perdonarás no saber qué significa el término “Amar viviendo. Vivir amando.”
Acéptame un consejo: mira menos, observa más. Deja el oído, aprende a escuchar. Y, sobre todo, hazte brillar… y jamás me utilices de espejo.
Y menos aún, intentes romperlo. Romperme. 
Ni yo misma lo he intentado ;)

0 comentarios:

Publicar un comentario