Historias de alturas. De miedo de ellas. Y de caídas.
Sentir que la línea del abismo roza tus pies y tú, te dispones a saltar.
¡Salta! Pisas ese (vaso) vacío y, en el fondo de él y de algo parecido a un alma que late en tu cuerpo, sientes que la única gota que lo colmará…
…son tus lágrimas.
No llores, princesa.
Ahora que tu vida funciona a la inversa y caes hacia arriba, llorar es un deber injusto hacia esas grietas de aceras que alguien provocó.
Que de heridas, tú sabes bastante. Y de pisadas… muestra las huellas sobre la espalda.
Nadie te hunde si afianzas los pies al suelo y, entre tus manos, juegas las mejores cartas a la partida del destino que…
…no es otra que tu vida. Tu vida, tus reglas.
Tienes póker de ases y, todos, son corazones. No paran de latir (este por ti, este por nosotros… y así, hasta que la máxima apuesta sea el abrazo que te reservo).
Te alzas con el premio y ahora, tú decides qué hacer con el triunfo, como has hecho siempre, pero con el factor suerte mirándote a los ojos. A tus enormes ojos dispuestos a no tener goteras. Recuerda, llegará.
Siempre llega el momento en el que el agua se evapora. ¿Qué hace falta, el fuego?
Esta vez (todavía), no recurrirás a marcar el primer número de kilómetros que separan un corazón de otro para descolgar y decirle: “¿Perdona, tienes un mechero? Se me ha olvidado el fuego…”.
Esta vez, sólo te refugiarás entre las nubes y esperarás a que venga la luz. El calor que sea capaz de deshacer el hielo que te congeló las ganas y se refugió en una copa de whisky.
Te la bebes.
Y, sin embargo, nada quema (todavía) más allá de las sombras.
Caer al cielo y sentirte cerca del Sol a veces es dolido. Muy dolido.
Te lo dice una que habita en las alturas, tiene vértigo al suelo y espera que alguien la rescate de su miedo. Alguien que tiene tu nombre.
Que aquí, también existe el tiempo. Sólo que, yo hago la cuenta atrás.
Treinta, te digo, por ejemplo. Y mañana veintinueve. Así, hasta diecisiete, del seis y tres millones.
De besos, quiero decir.
Y entre tanta cifra, sigo mirando a las personas que se esconden en paraguas para no sufrir. Hoy mis lágrimas escuecen, ayer, fueron las apariencias. Y yo, dejo de narrar historias en tercera persona para disimular. Olvido que las caras tristes, a veces también duelen al ajeno... pero más, al propio.
No temáis (yo tampoco lo haré), tengo resaca de días grises, pero algo me dice que pronto saldrá el arcoiris.
Tal vez es tu voz.
Tal vez es mi garganta.
Tal vez, es no tener que demorarlo tanto, ¿no?
Venga, va, levanto el teléfono, marco un veinte más doce, me das tú y te digo: “Oye, bonito, que he caído. Y esta vez, a lo alto. Todo sigue doliendo y, sólo tú puedes rescatarme. ¿Tienes fuego? Es fácil, busco la manera de deshacer mis lágrimas. Tal vez, si me enseñas la luz. Tal vez, si dices “Tranquila, Luz…ía…” todo es mucho menos frío. Menos dolido. Más fácil.”
Y sonrío. Y cuelgo.
Ahora sí, y es simplemente, para decirte con el silencio:
GRACIAS... por hacer que no se me olvide mi nombre cuando ni yo misma sé cuál tengo. Por recordarme de qué soy capaz justo en el momento que no tengo camino, qué puedo lograr (que puedo lograr lo imposible), quién soy al rechazar el verbo "existir"...
Sentir que la línea del abismo roza tus pies y tú, te dispones a saltar.
¡Salta! Pisas ese (vaso) vacío y, en el fondo de él y de algo parecido a un alma que late en tu cuerpo, sientes que la única gota que lo colmará…
…son tus lágrimas.
No llores, princesa.
Ahora que tu vida funciona a la inversa y caes hacia arriba, llorar es un deber injusto hacia esas grietas de aceras que alguien provocó.
Que de heridas, tú sabes bastante. Y de pisadas… muestra las huellas sobre la espalda.
Nadie te hunde si afianzas los pies al suelo y, entre tus manos, juegas las mejores cartas a la partida del destino que…
…no es otra que tu vida. Tu vida, tus reglas.
Tienes póker de ases y, todos, son corazones. No paran de latir (este por ti, este por nosotros… y así, hasta que la máxima apuesta sea el abrazo que te reservo).
Te alzas con el premio y ahora, tú decides qué hacer con el triunfo, como has hecho siempre, pero con el factor suerte mirándote a los ojos. A tus enormes ojos dispuestos a no tener goteras. Recuerda, llegará.
Siempre llega el momento en el que el agua se evapora. ¿Qué hace falta, el fuego?
Esta vez (todavía), no recurrirás a marcar el primer número de kilómetros que separan un corazón de otro para descolgar y decirle: “¿Perdona, tienes un mechero? Se me ha olvidado el fuego…”.
Esta vez, sólo te refugiarás entre las nubes y esperarás a que venga la luz. El calor que sea capaz de deshacer el hielo que te congeló las ganas y se refugió en una copa de whisky.
Te la bebes.
Y, sin embargo, nada quema (todavía) más allá de las sombras.
Caer al cielo y sentirte cerca del Sol a veces es dolido. Muy dolido.
Te lo dice una que habita en las alturas, tiene vértigo al suelo y espera que alguien la rescate de su miedo. Alguien que tiene tu nombre.
Que aquí, también existe el tiempo. Sólo que, yo hago la cuenta atrás.
Treinta, te digo, por ejemplo. Y mañana veintinueve. Así, hasta diecisiete, del seis y tres millones.
De besos, quiero decir.
Y entre tanta cifra, sigo mirando a las personas que se esconden en paraguas para no sufrir. Hoy mis lágrimas escuecen, ayer, fueron las apariencias. Y yo, dejo de narrar historias en tercera persona para disimular. Olvido que las caras tristes, a veces también duelen al ajeno... pero más, al propio.
No temáis (yo tampoco lo haré), tengo resaca de días grises, pero algo me dice que pronto saldrá el arcoiris.
Tal vez es tu voz.
Tal vez es mi garganta.
Tal vez, es no tener que demorarlo tanto, ¿no?
Venga, va, levanto el teléfono, marco un veinte más doce, me das tú y te digo: “Oye, bonito, que he caído. Y esta vez, a lo alto. Todo sigue doliendo y, sólo tú puedes rescatarme. ¿Tienes fuego? Es fácil, busco la manera de deshacer mis lágrimas. Tal vez, si me enseñas la luz. Tal vez, si dices “Tranquila, Luz…ía…” todo es mucho menos frío. Menos dolido. Más fácil.”
Y sonrío. Y cuelgo.
Ahora sí, y es simplemente, para decirte con el silencio:
GRACIAS... por hacer que no se me olvide mi nombre cuando ni yo misma sé cuál tengo. Por recordarme de qué soy capaz justo en el momento que no tengo camino, qué puedo lograr (que puedo lograr lo imposible), quién soy al rechazar el verbo "existir"...
...y quién me haces con mi sonrisa. Ahora, la tuya.
PD: Tengo corazones entre las mangas por aquella partida que jugamos cuando nos conocimos...
...hice trampas a las barreras para quererte sin obstáculos.

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