Cuando me pinto las uñas, me salgo y acabo con los dedos manchados. Me pongo un boli en el pelo para recogérmelo y al tumbarme en el sofá rayo todos los cojines. Da igual en qué punto del hogar esté, siempre tengo que tener la tele del comedor encendida. Necesito el ruido (y gastar luz, se ve). Estoy tan sorda que pongo el volumen de lo que sea al máximo. No meto la cámara nunca en su funda. Tiro las zapatillas desde la puerta de la entrada al salón al llegar a casa y luego no las recojo. Abro la nevera descalza. Y en invierno, sigo descalza. No me seco el pelo con el secador aunque estemos con nevadas y papá me quiere asesinar cuando se percata. Saco de quicio a mi madre cuando cierro la boca porque no me entra más comida. Empiezo a leer las revistas por detrás y como haya una hoja que me guste, la voy a arrancar. Si no la has leído, me da igual. Me da mucha pereza hacer la cama cada mañana. Me río de las crueldades que suelta mi hermana al criticar a mi cuñada. Y cuando alguien se cae, también. Luego ya me da pena. Soy tan exagerada con los bichos que al ver uno, creo que me voy a morir porque me va a picar. Aunque no pique. Aunque sea una hormiga. Las películas de miedo me dan tanto pánico que me pongo a llorar y gritar como una energúmena (pero las veo, soy así). En ocasiones, son altas horas de la madrugada y me da por cantar Ketama sin pensar en quién está durmiendo. Tengo una extraña obsesión por tocar la guitarra en la hora de la siesta. Te conozca mucho o poco, te voy a llamar "tía" si eres mujer al principio de una frase. "Baby" si eres hombre. Pintarrajeo los libros de clase y cuando estoy estudiando, me embobo pensando por qué dibujé eso. Muero de vergüenza al tener que ser yo quien pida la cuenta de un bar (manías…). Le hurto el ordenador a María sin permiso y después niego haberlo hecho. Hago lo mismo con su ropa. Soy tan torpe que al intentar cortar algo con el cuchillo, corto…mi piel. O mi barbilla. Me como las madalenas mientras lleno todo de migas y, al terminar, siempre digo: "qué guarra eres Lucía." No falla (pero no lo cambio). Cuando me entero que hay algo de Lola Flores, sea donde sea, me dan igual mis acompañantes que ella y yo vamos por delante. Como ahora me vuelva a poner los patines, me vuelvo a tirar por las cuestas de mi urba y me vuelvo a caer. Me encanta insultar para mí misma a mis vecinos. No tengo fuerza para abrir las cosas y siempre incordio al de al lado para que lo haga. Hablo tanto que a veces no os dejo escuchar la tele. Ni la radio. Ni los conciertos. Ni el silencio. Mi risa es tan constante que os despista el no saber si os tomo en serio. Siempre lo hago. Me pongo tan seria y miro tan fíjamente a los ojos que creéis que os estoy matando con la mirada. Que me siento superior. Jamás fue mi intención, sólo os intento hacer míos. Mi vida. Mis respuestas a vuestras preguntas en ocasiones son tan tajantes que predicáis mi prepotencia. Muchas veces lo soy sin querer. Otras queriendo. Espero que me perdonéis. Mi cabezonería es tan extrema que os saco de las casillas montadas en vuestra rutina. Prometo entrar en razón. Tengo la mala costumbre de colgar el teléfono y dejar con la palabra en la boca si me altero mucho. También soy jodidamente irónica cuando quiero protegerme en las adversidades. Esquivo constantemente vuestra ayuda por creerme autosuficiente. Tan autosuficiente que la cago… Me muerdo pocas veces la lengua y hablo sin pensar. Y cuando pienso, pienso demasiado y no hablo. Suelo callarme aquello que siento por pánico a hacer el ridículo (cuántos TE QUIERO me habré silenciado... cuántas ganas tenía...cuántas veces me arrepentiré de eso...). Me da miedo confiar por el miedo a perderos. Más miedo me da el miedo a perderos por no haber confiado. Mi pasotismo hace estragos en mí y crea una visión de despreocupación. Simplemente no quiero molestar. No agobiar. Pienso en vosotros todo el día. Me matan vuestros problemas aunque no os pregunte un ‘qué tal’. Me afecta DEMASIADO qué pueden pensar de mí (me tortura). Tengo un complejo de inferioridad enorme cuando yo misma soy consciente de que soy capaz de conseguir las cosas. Me encabrono al ver que me recordáis motivos que sé y, a veces, os lo hago saber. Disculpadme, es simplemente mi rabia al ser consciente de que tenéis razón. Odio no tenerla yo, otra suma. Me refugio en terceras manifestaciones para expresarme. A veces la música, los textos o el arte no son todo para contaros qué me pasa. Tengo muy poco tacto al decir las cosas chungas. Sé diferenciar los momentos serios de risa… y no sé por qué no lo muestro. Me bloqueo constantemente en una discusión y acabo soltando por mi boca justo aquello que no quería. Al pasar, me doy cuenta de que no fui clara. Me trabo cuando me pongo nerviosa. Y tiemblo. Me abro muy poco a mis amigos y me duele saber que eso me ocurre. Quiero cambiarlo. Intento cambiarlo. Me escondo en alguien que no soy yo y me pierdo al no saber el motivo…
… tengo miles de defectos. Miles. Pierdo la cuenta de cuántos veo. Y cuántos ignoro. Jamás sabré la cifra y jamás la querré saber. Me encanta tenerlos para superarlos. Hoy los quiero pisar. Los quiero cambiar. Los quiero llevar por otro rumbo. Tengo miles de defectos. Miles, sí. Pero tengo una virtud muy buena: soy tremendamente agradecida. Lo siento yo en mi interior. Me invade y desborda una fuerza que me hace observaros con ojos de unión eterna. Algo que me ata al espíritu vuestro apoyo, constancia, amistad, o simplemente, mirada. Estropeo el camino muchas veces al dejar que mis desperfectos creen baches en el avance, pero yo soy bien consciente de quién está al lado empujándolos para que los evite. Haciéndome las cosas más fáciles. Más útiles. Más mías, que es, al fin de cuentas, lo que importa.
Vendas fuera y quereros dentro. Dentro de mi vida.
Eternas gracias a los que me habéis acompañado en estos últimos tiempos caóticos de mi mundo. Vosotros habéis sido los VERDADEROS motores, dedos de una mano o llamadlo como queráis. Y, quizás os lo he dicho poco, muy poco, tan poco… pero jamás, JAMÁS podré de verdad escribiros o manifestaros eso que tengo dentro. Infinitos agradecimientos. Hoy hago relucir una de mis virtudes.
Gracias por dejarme quereros y por seguir sin juzgarme.
… tengo miles de defectos. Miles. Pierdo la cuenta de cuántos veo. Y cuántos ignoro. Jamás sabré la cifra y jamás la querré saber. Me encanta tenerlos para superarlos. Hoy los quiero pisar. Los quiero cambiar. Los quiero llevar por otro rumbo. Tengo miles de defectos. Miles, sí. Pero tengo una virtud muy buena: soy tremendamente agradecida. Lo siento yo en mi interior. Me invade y desborda una fuerza que me hace observaros con ojos de unión eterna. Algo que me ata al espíritu vuestro apoyo, constancia, amistad, o simplemente, mirada. Estropeo el camino muchas veces al dejar que mis desperfectos creen baches en el avance, pero yo soy bien consciente de quién está al lado empujándolos para que los evite. Haciéndome las cosas más fáciles. Más útiles. Más mías, que es, al fin de cuentas, lo que importa.
Vendas fuera y quereros dentro. Dentro de mi vida.
Eternas gracias a los que me habéis acompañado en estos últimos tiempos caóticos de mi mundo. Vosotros habéis sido los VERDADEROS motores, dedos de una mano o llamadlo como queráis. Y, quizás os lo he dicho poco, muy poco, tan poco… pero jamás, JAMÁS podré de verdad escribiros o manifestaros eso que tengo dentro. Infinitos agradecimientos. Hoy hago relucir una de mis virtudes.
Gracias por dejarme quereros y por seguir sin juzgarme.
Continuamos caminando…

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