Te alías a los colores para (sobre)vivir encima de esta cuerda que se tambalea bajo tus pies… y todavía respiras. Respiras fuerte. Con fuerza. Sientes que el equilibrio no es imposible –incluso cuando vienes y me hablas de nosotros dos…- Pintas de naranja las mañanas con el fuego de tus ansias por arrasar y, piensas, que no hay lumbre imposible de deshacer las ganas congeladas de seguir un camino con un solo destino: hacia delante.
Porque en esto de tirar, Lucía, tú sabes bastante.
Siempre lo has hecho del carro cuyo nombre se asemeja al AYER y, en el recorrido, te has mojado con el miedo el azul de tus ojos.
No pasa nada.
NUNCA PASA NADA.
Incluso los días grises se transforman cuando sonríes al cielo. Como lo haces cada noche. Como lo haces en cada momento.
¿Ves? No es tan difícil. Los marrones dejan de existir en el momento que tú despejas la mirada y pisas fuerte el suelo que te ve crecer.
¡CRECES!
Y con veinte centímetros más de estatura y cien de espíritu, sabes transformar los días rojos en una vida de color rosa.
Sólo tienes que creer. Y crear.
Agarrar fuerte la cinta que vive bajo tus huellas y atarla a tu esperanza. Viste de verde, ya lo sabes.
Ha llegado el momento, ¿preparada? Es hora de (re)respirar, sí, y esta vez con más fuerza, para reescribir la historia que tantos años te ha pesado sobre la espalda, y poder borrar con valentía las famosas letras que un día dibujaste en ella: “No hay nada más triste que vivirse el presente ante un folio en blanco…
…y un futuro en negro.”
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