Te voy a contar algo…
No hay noche que no le llore. Ni día. Al abrir los ojos al amanecer, mi primer pensamiento es su risa. Y la mía. La de los dos. Hay veces, que ni amanezco con el Sol, simplemente anochezco, pues he estado toda la Luna con lágrimas y pensamientos. Incluso, cuando conciliaba el sueño, estaba él en mi mente. Magia, pensaba algunas veces. Tortura, otras.
He hecho vida. He hecho días. Olvidé mi nombre para bautizarme con el suyo. Creé una imagen de su presencia a mi lado y, todos mis amigos, le conocieron. A veces me asusto y pienso, que saben más de sus gustos que yo misma. La fuerza de las palabras, ya ves. Si hablas con pasión, con pasión se siente.
Mis estudios ocupaban mi tiempo. Pero no más que mi necesidad de tenerle. El lunes me sentaba en una silla con la intención de escuchar a un profesor que, hablaba de Cine y, sin embargo, yo siempre creía que esa historia era la que podríamos tener si viviéramos una juntos. Después llegaba Montaje, e intentaba volver a reconstruir lo que un día sintió. También Sistemas, donde las teorías de la Luz para mí ninguna era válida... excepto la que él creó apareciendo en mí. Te podría hablar de todas mis asignaturas de Lunes a Viernes, y también, te podría decir que todo se resumía a quererle. Llegaba el Sábado y mi fuerza bruta quería arrasar al olvido. Música, alcohol y humo creí tener como aliados. ¿Sabes quiénes fueron mis únicos amigos? Los recuerdos. Chillaba con el frío y casi resaca los “Te echo de menos”. El Domingo con dolor de cabeza, no quería ver a nadie. A nadie, excepto a sus imaginarios ojos. Ni recibir llamadas. Ninguna, excepto la suya.
En mis horas de transición, caminaba, daba un paso, me tropezaba y ya sentía mi mano en el bolsillo rozando un móvil para contarle. Para llorarle y, saber, que me iba a levantar. Había momentos, que las voces del mundo me contaban las cosas más graciosas de éste, donde yo acababa con dolor de panza y, mi propósito, acababa en unos dedos con intención de escribirle que había vuelto a sonreír… y pensaba en él.
No me sobraban minutos, pero los inventaba. Los empleaba para mirar fíjamente mi teléfono pidiendo un mensaje, un “qué tal”, un nombre que parpadeara y tuviera ganas de escuchar el tono de mi garganta.
En mis horas libres de libro a libro, de carpeta a carpeta, miraba sus fotos. También las mías. Me odiaba enormemente por no haber actuado como quería. Por no haber podido celebrar tener una ahora de los dos.
¿Sabes qué más? Dejé de ir a la estación porque me dolía saber que mi tren había pasado. Demasiado peso tenía dentro de mí la dicha para también, verla físicamente con mi mirada. Murieron mis esperanzas de un futuro, pero, te prometo que no me dolía (tanto)… le veía feliz.
Yo también lo era.
Qué utópico. Antes me dicen esto, y no me lo creo… pero te juro que aprendí a sonreír con sus sonrisas. Después lloraba, pero en silencio, sin que él lo supiera.
Me mataba a preguntas, y la máxima era: “¿Se habrá olvidado de mí tan pronto? ¿Aún me pensará?”.
Respiraba, pero también muchas veces me faltaba el aire. En todas esas, soñaba con que pudiera dármelo él con palabras tranquilizadoras.
He temblado y me he sentido muy sola. Su recuerdo me aliviaba. He pasado ratos en el hospital donde me pinchaban tranquilizantes y, ¿sabes quién es la única persona en la que pensaba? En él.
Comencé a participar en debates donde, mi gente, hablaba de amor. Yo el amor lo definía con sus iniciales. Porque sí. Porque soy Leo, exagerada y extremista, pero me di cuenta de que esto me movía mucho más de la cuenta. Que no podía definirlo… sólo si no le nombraba.
A veces me daba mucho miedo creer vivir en una obsesión… pero sé que no fue así. Su presencia no estaba en mi cabeza, sin embargo, me tocaba el pecho y latía fuerte ahí dentro. Muy fuerte.
Tengo imágenes de baños sumergida en llanto, de etapas sin comer porque sólo quería alimentarme de su permanencia y, de noches con sabor a día donde, lo único que decía era: “Olvidarle me va a costar mucho más de la cuenta… porque no quiero hacerlo.”
También, fabriqué miles de textos y palabras inventadas que imaginaba poder decírselas algún día… y no metérselas por debajo de la puerta y salir corriendo. No una vez más.
¿Sabes por qué me ocurrió todo esto? Porque tenía miedo de agobiarle y perderle.
Conseguí lo segundo. Y la rabia.
RABIA, sí, eso es. MUCHA RABIA.
RABIA de escribir este texto en pasado, porque soy el ayer. Rabia de haber tenido la oportunidad de decirle cada día que le quería, que es lo mejor que me ha pasado y no hacerlo. De confesarle que no dejaba de pensar en él ni un sólo segundo, que me imaginaba cómo me daba la mano a cada instante, me tocaba el pelo, el brazo o, me ayudaba a seguir viviendo con ilusión. Rabia de no hacerle ver que mi vida antes de conocerle no tenía esos colores tan intensos. Que ponía la mesa con dos platos y que, siempre que oía el timbre, me daba un vuelco el corazón por si se le había ocurrido la locura de venir a verme por sorpresa. Rabia de no verme sonreír cada vez que esa pareja que tenía ante mí, me anticipaba a nuestro futuro. A cómo le soplaría la pestaña que ha caído en su mejilla mientras los dos reiríamos. Rabia de no susurrarle cada noche qué bonito había sido el día, por muy dolorosa que hubiera sido la rutina, tan sólo por el simple hecho de estar juntos. Rabia, mucha rabia, de no pronunciarle que había disfrutado con ese chiste y que había deseado con todo mi ser tenerlo al lado para sentir su carcajada. Mucha rabia, mucha, de no mandarle un sms escribiéndole que me miraba en el espejo y que estaba mucho más guapa desde que sabía que me quería. Me da rabia no haberle contado que me cruzaba a todos los hombres de mi camino y pensaba que el que tenía a cada hora era el mejor que había encontrado. Me da rabia no haberle cantado las canciones que un día le hice y, entre notas, celebrar el conocernos. Me mata la rabia de no haberle enseñado todas las fotografías que había hecho de los lugares en los que le imaginaba cerca de mí. Me da mucha rabia, mucha, de que yo sintiera (y adorara sentir) todo esto y me lamente, ME DESTROCE no poder habérselo contado en ese pasado que me pertenece…
...y querer seguir contándoselo en un presente que no es mío.
No hay noche que no le llore. Ni día. Al abrir los ojos al amanecer, mi primer pensamiento es su risa. Y la mía. La de los dos. Hay veces, que ni amanezco con el Sol, simplemente anochezco, pues he estado toda la Luna con lágrimas y pensamientos. Incluso, cuando conciliaba el sueño, estaba él en mi mente. Magia, pensaba algunas veces. Tortura, otras.
He hecho vida. He hecho días. Olvidé mi nombre para bautizarme con el suyo. Creé una imagen de su presencia a mi lado y, todos mis amigos, le conocieron. A veces me asusto y pienso, que saben más de sus gustos que yo misma. La fuerza de las palabras, ya ves. Si hablas con pasión, con pasión se siente.
Mis estudios ocupaban mi tiempo. Pero no más que mi necesidad de tenerle. El lunes me sentaba en una silla con la intención de escuchar a un profesor que, hablaba de Cine y, sin embargo, yo siempre creía que esa historia era la que podríamos tener si viviéramos una juntos. Después llegaba Montaje, e intentaba volver a reconstruir lo que un día sintió. También Sistemas, donde las teorías de la Luz para mí ninguna era válida... excepto la que él creó apareciendo en mí. Te podría hablar de todas mis asignaturas de Lunes a Viernes, y también, te podría decir que todo se resumía a quererle. Llegaba el Sábado y mi fuerza bruta quería arrasar al olvido. Música, alcohol y humo creí tener como aliados. ¿Sabes quiénes fueron mis únicos amigos? Los recuerdos. Chillaba con el frío y casi resaca los “Te echo de menos”. El Domingo con dolor de cabeza, no quería ver a nadie. A nadie, excepto a sus imaginarios ojos. Ni recibir llamadas. Ninguna, excepto la suya.
En mis horas de transición, caminaba, daba un paso, me tropezaba y ya sentía mi mano en el bolsillo rozando un móvil para contarle. Para llorarle y, saber, que me iba a levantar. Había momentos, que las voces del mundo me contaban las cosas más graciosas de éste, donde yo acababa con dolor de panza y, mi propósito, acababa en unos dedos con intención de escribirle que había vuelto a sonreír… y pensaba en él.
No me sobraban minutos, pero los inventaba. Los empleaba para mirar fíjamente mi teléfono pidiendo un mensaje, un “qué tal”, un nombre que parpadeara y tuviera ganas de escuchar el tono de mi garganta.
En mis horas libres de libro a libro, de carpeta a carpeta, miraba sus fotos. También las mías. Me odiaba enormemente por no haber actuado como quería. Por no haber podido celebrar tener una ahora de los dos.
¿Sabes qué más? Dejé de ir a la estación porque me dolía saber que mi tren había pasado. Demasiado peso tenía dentro de mí la dicha para también, verla físicamente con mi mirada. Murieron mis esperanzas de un futuro, pero, te prometo que no me dolía (tanto)… le veía feliz.
Yo también lo era.
Qué utópico. Antes me dicen esto, y no me lo creo… pero te juro que aprendí a sonreír con sus sonrisas. Después lloraba, pero en silencio, sin que él lo supiera.
Me mataba a preguntas, y la máxima era: “¿Se habrá olvidado de mí tan pronto? ¿Aún me pensará?”.
Respiraba, pero también muchas veces me faltaba el aire. En todas esas, soñaba con que pudiera dármelo él con palabras tranquilizadoras.
He temblado y me he sentido muy sola. Su recuerdo me aliviaba. He pasado ratos en el hospital donde me pinchaban tranquilizantes y, ¿sabes quién es la única persona en la que pensaba? En él.
Comencé a participar en debates donde, mi gente, hablaba de amor. Yo el amor lo definía con sus iniciales. Porque sí. Porque soy Leo, exagerada y extremista, pero me di cuenta de que esto me movía mucho más de la cuenta. Que no podía definirlo… sólo si no le nombraba.
A veces me daba mucho miedo creer vivir en una obsesión… pero sé que no fue así. Su presencia no estaba en mi cabeza, sin embargo, me tocaba el pecho y latía fuerte ahí dentro. Muy fuerte.
Tengo imágenes de baños sumergida en llanto, de etapas sin comer porque sólo quería alimentarme de su permanencia y, de noches con sabor a día donde, lo único que decía era: “Olvidarle me va a costar mucho más de la cuenta… porque no quiero hacerlo.”
También, fabriqué miles de textos y palabras inventadas que imaginaba poder decírselas algún día… y no metérselas por debajo de la puerta y salir corriendo. No una vez más.
¿Sabes por qué me ocurrió todo esto? Porque tenía miedo de agobiarle y perderle.
Conseguí lo segundo. Y la rabia.
RABIA, sí, eso es. MUCHA RABIA.
RABIA de escribir este texto en pasado, porque soy el ayer. Rabia de haber tenido la oportunidad de decirle cada día que le quería, que es lo mejor que me ha pasado y no hacerlo. De confesarle que no dejaba de pensar en él ni un sólo segundo, que me imaginaba cómo me daba la mano a cada instante, me tocaba el pelo, el brazo o, me ayudaba a seguir viviendo con ilusión. Rabia de no hacerle ver que mi vida antes de conocerle no tenía esos colores tan intensos. Que ponía la mesa con dos platos y que, siempre que oía el timbre, me daba un vuelco el corazón por si se le había ocurrido la locura de venir a verme por sorpresa. Rabia de no verme sonreír cada vez que esa pareja que tenía ante mí, me anticipaba a nuestro futuro. A cómo le soplaría la pestaña que ha caído en su mejilla mientras los dos reiríamos. Rabia de no susurrarle cada noche qué bonito había sido el día, por muy dolorosa que hubiera sido la rutina, tan sólo por el simple hecho de estar juntos. Rabia, mucha rabia, de no pronunciarle que había disfrutado con ese chiste y que había deseado con todo mi ser tenerlo al lado para sentir su carcajada. Mucha rabia, mucha, de no mandarle un sms escribiéndole que me miraba en el espejo y que estaba mucho más guapa desde que sabía que me quería. Me da rabia no haberle contado que me cruzaba a todos los hombres de mi camino y pensaba que el que tenía a cada hora era el mejor que había encontrado. Me da rabia no haberle cantado las canciones que un día le hice y, entre notas, celebrar el conocernos. Me mata la rabia de no haberle enseñado todas las fotografías que había hecho de los lugares en los que le imaginaba cerca de mí. Me da mucha rabia, mucha, de que yo sintiera (y adorara sentir) todo esto y me lamente, ME DESTROCE no poder habérselo contado en ese pasado que me pertenece…
...y querer seguir contándoselo en un presente que no es mío.

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