Las palabras que no permanecen en un presente, acaban siendo mentiras. Y, me atrevería a decir de ellas, que son las falsedades que más nos ahogan.
¿Quién no ha pintado la carpeta de su mejor amiga cuando era niña poniéndole que lo seríais para siempre, o, quién no ha llorado a los 15 a otra por su primer desamor y le juraba la de al lado que estaría con ella toda la vida? Supongo que todos.
En el momento se siente así. Somos personas que pensamos en vidas a largo plazo, y tendemos a echar la mirada a un futuro que imaginamos con el latido del corazón al instante. Si queremos ahora y así, querremos siempre y de ese modo.
Llega la presión, el miedo, la despreocupación, qué sé yo. Llegan muchas cosas y motivos, tampoco vamos a ponerles nombres, no me parece justo… porque no lo tienen.
Amaneces y te das cuenta de que la niña de la carpeta anda por un mundo que desconoces y aquella que te consolaba por el dolor, no te dirige la palabra. Te estoy poniendo ejemplos, por no ponerte de ejemplo.
No es tan duro afrontar una vida que nos espera con otros planes. Lo duro es cuando, detrás de esos juramentos, había súplicas de permanencia y necesidad de que estuvieran siempre ahí. Hay personas que nos apoyamos en otros, y ya no para vivir, sino para sobrevivir. Palabras que se lleva el viento. O que se convierten en mentira cuando no se cumplen (a esto sí me atrevo a nombrarlo, que ya somos mayorcitos…)
Se debe asumir que el corazón late y quiere en el momento pensando que latirá y querrá igual pasados los días, los meses, los años… pero que a veces, le puede las adversidades. Ahora es cuando yo me pregunto si no pesaban más los momentos vividos y la relación de unión (amistad, amor, X).
Parece que no.
La vida sigue, y aunque no quería asumirlo, supongo que este texto se puede reducir en un: “Toda persona tiene un periodo de vida en la nuestra propia”.
Lo he vivido.
Siempre me quedará el consuelo de que el futuro aún no se ha acabado y que, con un poco de suerte, puedo seguir pintando carpetas con eternidades y llorando en aquel hombro mi próximo desamor.
¿Quién no ha pintado la carpeta de su mejor amiga cuando era niña poniéndole que lo seríais para siempre, o, quién no ha llorado a los 15 a otra por su primer desamor y le juraba la de al lado que estaría con ella toda la vida? Supongo que todos.
En el momento se siente así. Somos personas que pensamos en vidas a largo plazo, y tendemos a echar la mirada a un futuro que imaginamos con el latido del corazón al instante. Si queremos ahora y así, querremos siempre y de ese modo.
Llega la presión, el miedo, la despreocupación, qué sé yo. Llegan muchas cosas y motivos, tampoco vamos a ponerles nombres, no me parece justo… porque no lo tienen.
Amaneces y te das cuenta de que la niña de la carpeta anda por un mundo que desconoces y aquella que te consolaba por el dolor, no te dirige la palabra. Te estoy poniendo ejemplos, por no ponerte de ejemplo.
No es tan duro afrontar una vida que nos espera con otros planes. Lo duro es cuando, detrás de esos juramentos, había súplicas de permanencia y necesidad de que estuvieran siempre ahí. Hay personas que nos apoyamos en otros, y ya no para vivir, sino para sobrevivir. Palabras que se lleva el viento. O que se convierten en mentira cuando no se cumplen (a esto sí me atrevo a nombrarlo, que ya somos mayorcitos…)
Se debe asumir que el corazón late y quiere en el momento pensando que latirá y querrá igual pasados los días, los meses, los años… pero que a veces, le puede las adversidades. Ahora es cuando yo me pregunto si no pesaban más los momentos vividos y la relación de unión (amistad, amor, X).
Parece que no.
La vida sigue, y aunque no quería asumirlo, supongo que este texto se puede reducir en un: “Toda persona tiene un periodo de vida en la nuestra propia”.
Lo he vivido.
Siempre me quedará el consuelo de que el futuro aún no se ha acabado y que, con un poco de suerte, puedo seguir pintando carpetas con eternidades y llorando en aquel hombro mi próximo desamor.
Por cierto, a los amigos que perdí, os quise todo lo grande que supe.

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