domingo, 20 de noviembre de 2011

Miedo

La amaban, ni más ni menos, y se sacaba cada mañana las espinas del sueño con un Buenos días.
Vivía como tú o como yo. A la salida de clase iba a escuchar a su amor. Respiraba tranquila, planeaba la vida y él le arrancaba los suspiros y la besaba con palabras.
Y un día le mordió el virus del miedo.
Entendió que los hombres nunca tienen dueño. Y ella tuvo que marcharse, se agotó el manantial sin un por qué.
Venció el miedo y faltó a la última cita, a la de seguir luchando por quien quería. No le descolgaba el teléfono que aullaba en la mesilla a nadie. Y el temor a la derrota la agarrotó como un calambre, sin un por qué.
Dura, intensa y precaria... se enfrentaba cada día al oleaje en las clases. Y una tarde la cobardía la paraliza en la puerta y no entró al aula.
Volvía a despertar y empezaba el día como tantos, por detrás. Vio y sintió la noche del planeta y su desastre, tuvo miedo y decidió no salir a la calle.
Y ahí la tienes encerrada en casa, temblando como una niña, sellando las ventanas, para no ver, ni escuchar, sentir, notar la vida estallando fuera.
Por miedo a sentir miedo fue a la cama, como una oruga se escondió y envuelta entre las mantas se durmió, hizo humo el sueño y se olvidó del mundo por miedo a despertar.
Aún sigue dormida. Pasan los días y aún sigue escondida, esperando que tu abrazo le inocule la vacuna y elimine el virus del miedo y su locura...

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