Siempre he sido una persona a la que le ha costado mucho llegar a un fin sin miedo(s). Tomar decisiones correctas, acertadas, en paz conmigo misma... es por ello que mi necesidad compulsiva de mirar hacia los demás, de tenerlos en cuenta, de no decepcionarlos, me acapara mi propia virtud de escoger libremente. Es cierto, me cuesta mucho decir que no. Y es que es súper duro, piénsalo: "No podemos estar juntos." O un: "No, no te quiero." También el: "No me gusta", "No me duele", "No me importa". Siempre no. Cómo es de difícil pronunciarlo... y ya no sólo para ti (y sin el sólo para ti), sino para la parte contraria a la que sumas tu respuesta. Y, para qué vamos a hablar del NO como añadido ausente por buscar el reconocimiento en función de la expectativa del otro...
Tal vez el temor a la soledad tenga que ver con la batalla de miradas a la muerte. Al no haber mayor instante de soledad que ese, una manera de evitarlo es afirmar que todo el mundo está de acuerdo conmigo.
Hay veces que, en silencio, me recreo el día de mi funeral y me imagino quién llorará y quién no. Hay otras que, directamente, no me planteo a personas en concreto y sólo veo multitud de gente inmersas en lágrimas. Y más lágrimas. Otras que ni siquiera han mostrado un abismo de dolor. Ni de agua salada.
Mientras esas caras conocidas, desconocidas, que lloran y no lo hacen, apoderan mi mente, pienso que realmente no es la posibilidad de que no nos quieran lo duro... lo que verdaderamente aterra es que nos olviden.
Siempre ando preguntándome qué estarán pensando los demás. Por qué unos lloraron y otros no.
Por qué sí.
Por qué no.
Porque sí.
Porque no.
Creo que, después de mucho reflexionar, entendí que para entenderme mejor a mí misma, tenía que empezar por comprender a los demás.
Por eso escribo...
...aunque ahora, la verdad, es que no entiendo nada.
Pero cada vez me importa menos.

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